
Victor Klemperer, filólogo alemán y judío, sobrevivió a los campos de concentración nazi anotando en su diario durante 13 años los términos capitales de La Lengua del Tercer Reich. Pudo así constatar, como más tarde hicieron Orwell o Steiner, que las mentiras y el salvajismo totalitario son fenómenos íntimamente ligados a la corrupción del lenguaje y a su vez exacerbados por esa misma corrupción. Pudo mostrar con claridad cómo el nazismo impuso su dominación no solo mediante la Gestapo y los campos de exterminio, sino también manipulando el lenguaje, logrando destilar en las palabras su veneno totalitario.
“Aquí no puede pasar”, suelen decir los buenistas políticamente correctos, negándose a ver una realidad dolorosa como es el preludio de la violencia en Argentina y en España. Hay trazos, señales de que sí puede pasar. Solo hay que estar atentos y abiertos a ver la realidad. Sin anteojeras.
“Salgan a la calle cuando tengan que defender sus derechos”, autorizó, vociferando, Cristina Kirchner hace un tiempo a la multitud, como continuación de aquel antidemocrático “vamos por todo” de hace unos años. ¿Qué pasaría si del otro lado de la grieta-odio, supongamos, Javier Milei, Espert o Victoria Villarroel o Fernando Iglesias pidieran a los suyos también a “salir a la calle a defender sus derechos”? Lo dramático de esta situación es que ya lo vivimos. Ya vimos y sufrimos el “defender sus derechos” a los tiros. Hoy hay violencia social; la violencia cotidiana ya llegó a las calles de Argentina. Un motochorro mata por un par de zapatillas; los vecinos matan a un motochorro cuando lo atrapan robando. Y así. Pero ahora coquetean con la violencia política estudiantes universitarios (o algo parecido) en una serie de toma de facultades. En una concentración de estudiantes (¿?) universitarios argentinos, un energúmeno vociferó hace unos días: «Los vamos a matar a todos» refiriéndose a los opositores del gobierno actual. A un youtuber casi lo linchan en la misma concentración. A otro le partieron la cara con un piedrazo. En fin, la mesa está servida.
En España, los padres de un chiquito de cinco años pidieron al Tribunal Superior de Justicia de Cataluña, España (bah, por ahora), que el colegio autorizara a su hijo a tener el 25% de materias en castellano, ya que prácticamente se había eliminado el castellano de la enseñanza y se daban todas las materias exclusivamente en catalán. Y el Tribunal lo autorizó. ¡Solo el 25% de español en España, idioma que hablan 500 millones de personas en el mundo! Ofendido por la “afrenta al catalán”, el director del colegio consulta a su ministerio, este al gobierno y deciden no cumplir con la sentencia judicial. Hasta ahí una cuestión judicial. Pero no alcanza a los cruzados catalanes: a través de las redes, discutían entre linchar al niño y su familia, aislarlo de sus compañeros en el colegio o expulsar a la familia de Cataluña. El escritor y ex profesor de la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB) Jaume Fàbrega, llamó a «apedrear» la casa de la familia del menor. Un agente de la policía catalana, Albert Donaire, se sumó al ataque instando a dejar solo al niño de cinco años en clase y así aislarlo de sus compañeros.
Argentina y España tienen una larga, y penosa, experiencia con la violencia.
Las multitudes llegan rápidamente a lo extremo. Un principio de antipatía pasa a constituir en segundos un odio feroz. Por el solo hecho de formar parte de una multitud desciende, pues, el hombre varios escalones en la escala de la civilización. Aislado, era quizá un individuo culto; en multitud, un bárbaro. (Gustave Le Bon (Psicología de las Masas).
